Un mundo minado

Organizaciones internacionales y Gobiernos homenajearon ayer a las víctimas de las minas terrestres. Era una jornada mundial de sensibilización que recuerda que aún hay restos de guerras pasadas en los suelos de prácticamente todo el mundo.

Unos explosivos que siguen dejando miles de víctimas cada año.

Pese a estar prohibidas internacionalmente desde 1997, las minas terrestres matan o mutilan cada año a entre 15 y 20.000 personas en todo el mundo. Casi la cuarta parte son niños. Naciones Unidas calcula que aún hay munición enterrada en 80 países: las calles de casi la mitad de los pueblos de Camboya y Laos esconden explosivos; Colombia es el segundo país con más víctimas, más de 500 al año; Irak y Afganistán quedaron llenos de minas tras la guerra. Mortales “souvenirs”, que también dejaron plantados los conflictos de Chechenia y Bosnia.

Y lo peor es que minas y bombas de racimo siguen utilizándose. En Libia están impidiendo que muchos desplazados puedan volver a sus casas y retrasando la reconstrucción. Y en Siria, Human Rights Watch acusa al régimen de Al Assad de convertir las fronteras con Líbano y Turquía en un polvorín.

Cruz Roja pide a los Gobiernos que, a pesar de la crisis y los recortes, sigan financiando los programas de desminado y atención a las víctimas. Cuestan unos 300 millones al año pero son la única solución, recuerda la ONU, para evitar que los restos de guerras pasadas hipotequen el futuro de países enteros.

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